CARRANZA ERA un dominico de orígenes humildes y sinceramente piadoso, que disfrutó del favor tanto de Carlos V como de Felipe II. Este último fue quien lo elevó, en 1557, a la silla de Toledo. Pero Carranza había pasado varios años en Inglaterra y Flandes, donde se contagió del fervor religioso que en aquellos países había provocado la Reforma de Lutero. Un libro que publicó en Amberes levantó sospechas; el teólogo Melchor Cano escribió un informe en el que señalaba «muchas proposiciones escandalosas, temerarias, malsonantes, otras que saben a herejías, otras que son erróneas, y aun tales hay dellas que son heréticas». Aunque el concilio de Trento, en cuya inauguración en 1545 había participado Carranza, declaró que el libro era ortodoxo, el inquisidor general Fernando de Valdés, que codiciaba el…
