El momento fundacional de Altamira es bien conocido. En 1875, Marcelino Sanz de Sautuola, arqueólogo aficionado, entró en la cueva de Altamira, en el término de Santillana del Mar, la exploró e identificó vestigios materiales de ocupación humana, pero no los apreció de inmediato. En 1878, Sautuola visitó la Exposición Universal de París y vio algunas herramientas de hueso y sílex expuestas allí. La constatación de que en su región también podían existir materiales como estos le impulsó a volver a la cueva. Esta vez llevó consigo a su hija de ocho años, María. Una vez dentro, la pequeña miró al techo en lugar de al suelo. Divisó magníficas figuras bovinas y llamó a su padre diciendo: «¡Mira, papá, bueyes!». Aquel fue el «momento eureka» de la arqueología internacional, quizá…
