EN ARAGÓN, por ejemplo, la aristocracia y las autoridades forales se enfrentaron al poder de la Inquisición por considerarlo una injerencia, pero en 1566 un testimonio decía que «sólo los señores de vasallos y hombres principales hacen esta guerra al Santo Oficio, y no los pueblos»; el pueblo, en efecto, tenía gran aversión por los «herejes», reales o supuestos. Muchos escritores no dudaron en hacer propaganda en favor del tribunal de la fe. Fray Luis de Granada calificaba a la Inquisición en uno de sus sermones como «baluarte de la Iglesia, pilar de la verdad, guardián de la fe, tesoro de religión, defensa contra herejes, luz contra los engaños del enemigo, piedra de toque de la pura doctrina». Calderón de la Barca, ya en el siglo XVII, iba todavía más…
