Con justo acierto puedo declarar que mi mamá fue tan extraordinaria que me permitió, a costa de su existencia, tener el regalo más grande de todos: poner en perspectiva la vida. Con su partida comprendí que cualquier drama, viéndolo desde la muerte, abandona toda complejidad. Mientras que toda alegría se debe conservar como un recuerdo multisensorial para poder regresar a él bajo detalle, con todos sus colores, ruidos, olores, texturas y sabores. Con ella aprendí que si se ríe es a carcajadas, a resolver lo imposible, hablar en voz alta (muy alta), a nunca saltarme el postre por la culpa, a convertir cualquier mesa en pista de baile y no arrepentirme –jamás– de nada. Enfrentarnos a las pérdidas es dolorso, dolorosísimo, pero al salir de ese estado –en el cual…