Cuando imaginamos “un verano perfecto”, solemos visualizar postales del Mediterráneo: cielos azules, atardeceres dorados, sombrillas en la orilla del mar, brisa salada y un ritmo que invita a soltarse. Pero el verano, como tantas otras experiencias, no siempre responde al cliché; a veces se manifiesta en formas inesperadas.
En Ciudad de México, por ejemplo, el verano llega con tormentas repentinas, tardes nubladas y una calidez distinta: la de estar en casa, compartiendo una charla bajo techo o descubriendo rincones nuevos en la misma ciudad de siempre. Hay belleza también en lo impredecible. Aquí no es la estación soleada que muchos imaginan; a menudo es gris. Por eso aprendí que el verano no está en el paisaje, sino en la intención. Desconectar del ritmo habitual, aunque sea por unos días, es…
