El padre Félix, agustino orondo y gruñón, entraba en el aula cada jueves y, para acallar a la chavalería, gritaba: “¡Oiga, niños!”. Una discordancia gramatical que no habría aceptado en ninguno de sus 42 alumnos, pero que él se permitía porque era el tutor, era de Navarra y era el profesor de música, no de lengua. Hace un par de años, de viaje por Sos del Rey Católico, visité el monasterio donde los curas de mi colegio hacían sus retiros. En un mural hecho a mano (como aquellos que nos hacían componer en clase de Sociales) están las fotos y los nombres de los hermanos que han fallecido. Y ahí estaba el padre Félix, orondo y gruñón aún, pero en epitafio. Lo poco que aprendí de música en mi vida…
