Cuando era niño y estaba en la escuela primaria solía protagonizar numerosas experiencias de este tipo. Por momentos, tenía la súbita sensación de saber que ya había vivido –o visto– antes una escena concreta. Recuerdo que durante el breve lapso de tiempo que duraba la experiencia esta me parecía no sólo extraña, sino, incluso, “inconfesable”. ¿Cómo podía explicar a mi madre o a cualquier otra persona esa extraña sensación que me invadía? Se trataba de algo tan insólito para mí que cada vez que ocurría experimentaba sentimientos encontrados: primero, cierto grado de ansiedad, aunque positiva, derivada de la propia experiencia, y después, cierto temor por la incapacidad para explicarme el fenómeno a mí mismo y mucho menos a otras personas, que –estaba seguro–no podrán comprenderme.
Aunque después, durante muchos años,…
