Crecí rodeada de figuras femeninas: mamá, hermana, abuelas, más primas que primos, maestras, monjas, compañeras y amigas que hice en una escuela católica para mujeres. Sin embargo, mi cuerpo y el de todas las chicas de mi vida me resultaba muy ajeno, muy oculto, casi prohibido; ninguna parecía estar conectada a él. Desde mi perspectiva sentía que el cuerpo era un pecado a limpiar o, quizás, un medio de expresión que necesitaba gritar lo que estaba experimentando y tenía que ser contenido de maneras que ahora me hacen reír y enojar un poco a la vez; uñas cortas, falda cubriendo las rodillas, shorts sobre la ropa interior, piernas cerradas, cabello bien peinado, rostro sin maquillaje, bra blanco o nude (porque negro se nota mucho debajo de la blusa blanca).
Uniforme,…
