El amor es un extra, un topping. No hace falta, no es necesario, no urge. El amor es contingente. Sin él se puede vivir como se puede vivir sin desayunar cada mañana galletas de caramelo y sal, sin haber visitado la Capilla Sixtina, sin tener hijos, sin un lavavajillas o sin saber multiplicar de cabeza cuatro por veintiséis. Sin respeto, la versión social del amor, no obstante, la vida es irrealizable. El respeto suaviza las formas, alza una muralla entre grupos e individuos, protege y defiende. Es por él que las vidas se cruzan sin aplastarse, sin ni siquiera, a veces, pisarse. El respeto puede enraizar en la norma, en el reconocimiento del valor propio en el ajeno, en una aplicación de haga a los demás lo que quiera que…