Una amiga de Sevilla tiene, cuenta siempre, un plan. Va a ponerle dos nombres a cada uno de sus hijos. El primero, exótico, raro, con consonantes que choquen sobre las vocales como los platillos de las baterías y vocales que se deslicen bajo las paletas por el tobogán de la lengua. Cornelia. Micaela. Gadea. El segundo nombre será uno común. Ana. María. Blanca. Ellas serán Cornelia María, Gadea Blanca. Ellos, Tristán Carlos, Ruperto Juan. Así, si sale guapo, se referirá a él como Ruperto. Si sale feo, que suficiente fastidio es serlo como para que encima lo anuncie tu nombre, lo llamará Juan. Le hizo gracia la sinécdoque de los cayetanos, el uno por el todo con el que se bautizó a las protestas del barrio de Salamanca. El nombre,…