MARIO GARCÉS ESCRITOR
Buceador en nuestro pasado nominal y notario del presente, busca niños, con escaso éxito.
He pensado alguna vez, aunque solo sea por pensar, que al nacer podían asignarnos un nombre provisional hasta que dispusiéramos, a nuestra voluntad, nuestra filiación definitiva. Porque no es lo mismo llamarse Mario que llamarse Leo, ni tan siquiera es lo mismo llamarse María que llamarse Vega, por poner dos ejemplos al uso. Los tiempos cambian y, naturalmente, cambiamos con los tiempos. En la España del Seiscientos y de los concursos con apartamento en Torrevieja, eran legión los Fernando, Miguel, Juan, José o Luis, mientras que, en la acera femenina, eran ejército María, Cristina, Ana, Isabel o Carmen. Cuarenta años después, en el país desgobernado de Spotify y de las series de plataforma…
