Casi todo el mundo cuenta los años de enero a enero. Solo unos pocos, los que seguimos siendo niños por dentro, lo hacemos de agosto a agosto. Al fin y al cabo, el 31 de diciembre las cosas no cambian tanto: después de la fiesta de Nochevieja, amanece un nuevo día tan invernal como el anterior, nos ponemos la misma ropa, regresamos al mismo despacho, donde dejamos el ordenador en stand by, y le damos a la tecla de play, para que todo continúe por donde lo dejamos.
En cambio, agosto es el mes mágico en el que el tiempo se detiene y se reajusta, para que, en septiembre, todas las cosas empiecen de cero.
Un paréntesis. Un tomar aire. Un coger carrerilla. Eso es agosto. Y en la pausa,…