A los humanos nos gusta el colorete. Mucho. Muchísimo. Tanto como para llevar milenios usándolo. Los egipcios se maquillaban con ocre molido (lo suyo era más el kôhl), mientras que, allá en el Partenón, los griegos recurrían al jugo de mora, y los romanos conjugaban sus togas con mejillas arreboladas gracias a la aplicación de bermellón, el polvo que se obtiene de moler el cinabrio, un mineral compuesto de azufre y mercurio. En el siglo XV, Caterina Sforza, entre pelea y pelea con los Borgia, escribió uno de los primeros libros de belleza, su tratado Experimenti, en el que comparte la receta para mezclar sándalo rojo y etanol y, así, crear un colorete líquido que duraba más de una semana, adelantándose así a las tintas, ¡tan de moda seis siglos…
