A veces, en pleno agosto, todavía recostada en una tumbona frente al mar, sobre una toalla que huele a crema solar, me asalta un terrible pensamiento: “Septiembre está a la vuelta de la esquina”, e inmediatamente se me forma un nudo en el estómago. La angustia del final del verano me atenaza igual que si hubiera pisado una langosta y esta me hubiera clavado sus pinzas en el pie.
Entonces recuerdo una anécdota que viví hace años en una clase de educación infantil, y que explica uno de los grandes misterios del comportamiento humano.
Estaba yo de visita, aquel día, en aquel cole, y los quince o veinte pequeñitos jugaban muy contentos con la plastilina, cuando de pronto la profe anunció: “¡Niños, al recreo!”. Y en aquel momento, para mi…