LA CARA MÁS PURA de República Dominicana se concentra en un apéndice del norte de la isña, en una pequeña franja de terreno verde que se cuela en el Atlántico como por accidente. Aquí, en la península de Samaná, un brazo de apenas 60 km de largo por 20 de ancho, residen todos los puntos fuertes que hacen de esta isla caribeña un destino arrebatador: vegetación lujuriosa, cadencia tropical, suaves laderas, bahías recoletas, pueblos pesqueros, ritmo sabrosón… y playas, claro, un buen puñado de playas salvajes y solitarias. Sin embargo, a diferencia de otros rincones del país, adolece de aquel turismo uniforme que da la espalda a la cultura local. Existen, eso sí, estupendos resorts que brindan el colmo de la felicidad, pero a menudo se presentan discretos, camuflados entre…