Mis amigas Paola y Michelle, mi mamá y yo nos agarramos de la mano, sostuvimos con determinación los carteles que habíamos hecho y nos adentramos, sin más, a esa imparable fuerza vital que marchaba, lloraba, cantaba y existía, sin un ápice de titubeo y sin pedir permiso. Ya estando dentro, volteé a la izquierda y la derecha, hacia atrás, hacia adelante, parándome de puntitas; tratando de identificar si estábamos en el lugar correcto. El contingente se organizaría en bloques: el de las familiares de desaparecidas, el de madres con niños, el de otros grupos de mujeres (zapatistas, sahumadoras, feministas con diversos temas de protesta) y al final las familias completas, incluidos hombres.
Pronto entendí que el lugar en el que estábamos era el preciso. Las voces, la presencia, la contención,…
