Casi todos mis primeros pasos relativos a la conciencia ecológica en cuestiones de consumo me retrotraen a viajes fuera de España, en unos tiempos en los aquí todavía andábamos un tanto al margen de esas preocupaciones. Recuerdo, por ejemplo, cuánto me chocó aquel hotel en Boston -urbano, moderno y caro- cuando, en vez de multitud de pequeños envases de un solo uso, encontré en el cuarto de baño grandes botellas de gel, champú y acondicionador colgadas dentro de la ducha con sus correspondientes dosificadores. Reconozco que aquello no me hizo la menor gracia: yo era muy joven y, como a todas por entonces, me encantaba volver a casa con mil botecitos en la maleta, pequeños trofeos que te hacían sentirte cosmopolita y mundana en unos días en los que recorrer…