Una araña, después de haber explorado toda la casa por dentro y por fuera, pensó meterse en el ojo de una cerradura.
¡Qué refugio tan ideal! ¿Quién podría jamás descubrirla allí dentro? Ella, en cambio, asomándose al borde de la cerradura, podría mirar a todas partes sin riesgo alguno.
–Allí –decía para sí, observando el umbral de piedra–, tenderé una red para las moscas; más allá –añadía, mirando el escalón–, tenderé otra para gusanos; aquí cerca, en el marco de la puerta, armaré una trampa pequeña para los mosquitos.
La araña se regocijaba. El ojo de la cerradura le daba una seguridad nueva, extraordinaria. Tan oscuro, estrecho, como un estuche de hierro, le parecía más inaccesible que una fortaleza, más seguro que cualquier armadura.
Mientras se deleitaba con estos pensamientos,…
