En ciertas circunstancias es también una oración excelente decir con renovado ímpetu y con total adhesión de la mente y del corazón: Señor, tú mi único bien. Efectivamente, todos nos damos cuenta de que, cuando trabajamos, escribimos, hablamos, cuando descansamos o mientras en cualquier otra cosa que hagamos, no es raro que se infiltre algún apego, aunque sea leve, a nosotros mismos, a cosas, a personas… Y ceder a ello supone un gran daño para la vida espiritual. Dice san Juan de la Cruz: «Porque eso [tanto] me da que un ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso, porque, aunque sea delgado, tan asida se estaré a él como al grueso, en tanto que no lo quebrase para volar». «Y así las almas que tienen asimiento…