El apagón del pasado 28 de abril que, en diversos sentidos, paralizó a España durante varias horas, desconectándola del resto del mundo y devolviéndola, aunque fuese tan solo momentáneamente, a otros ritmos y otra época, echó, desde mi punto de vista, más luz que oscuridad. Sobre todo, cuando de dos temas se trata, ejes torales de esta columna en ciernes para la que agradezco, queridos lectores, sus minutos de atención: la literatura y la diplomacia. O lo que es lo mismo, la diplomacia y la literatura, y los lazos entrambas dos.
Lo que vimos en las terrazas, portales, tejados y a pie de calle fue, hasta cierto punto, inédito: grupos de personas saliendo en masa de sus oficinas ante la falta de electricidad, vecinos congregados en torno a una radio…
