Me tomó años escuchar el llamado, una invitación silenciosa que hace un país al viajero que revisa un mapa. Cuando me preguntaban por qué no había ido, mi respuesta era la misma: “No estoy preparada”. No intentaba eludir la pregunta con mi sentencia sino, más bien, sentía que aún no llegaba el momento. No pensaba en los colores, su grandeza o sus rituales, mucho menos en largas horas de meditación. Para mí, India resultaba una idea desdibujada.
Hace casi un año, cuando por fin me llamó, tuve la certeza del viaje por venir. Meses después me vi solicitando una visa, eligiendo escalas, haciendo equipaje para 20 días, revisando el clima y repitiendo en mi mente el nombre de Kerala, al sur de India. Ese fue el lugar que señalé para…