En el exterior de la clínica de Biliqo, un viento caluroso levanta el polvo. Tira de los restos de material que quedaron atrapados entre los arbustos espinosos, arremolina las botellas de plástico vacías por el suelo y persigue la cola del hiyab índigo de Madina Kalo, quien se encuentra en la entrada de madera natural del recinto. Estamos a mediados de año, la principal época de estiaje en el norte de Kenia, y la tierra está reseca por el sol.
Kalo, vestida con una túnica blanca de enfermera y mascarilla quirúrgica, entrecierra los ojos y regresa a la frescura de la clínica. Atiende alrededor de 30 personas al día, la mayoría pastores con dolencias comunes como infecciones respiratorias, malaria y diarrea. Cuando los casos son graves, Kalo los remite al…