Las ovejas fueron las primeras en morir. Incapaces de encontrar suficiente pasto para comer, se tornaron flacas y apáticas, sus balidos se desvanecían. “Morían a nuestro alrededor, como si estuvieran envenenadas”, dice Raxma Xasan Maxamuud. En la aldea de Haya, al centro de Somalilandia –un Estado no reconocido y autoproclamado al interior de Somalia–, Raxma y su familia de pastores criaron 300 cabras y ovejas, así como 20 camellos. Durante cuatro semanas de sequía, en 2016, todos sus animales habían perecido.
Los pastores seminómadas somalís, que cuentan el paso de los años con la llegada regular de las lluvias, comenzaron a notar que, durante los últimos 20 años, estas eran erráticas y ya no se alineaban con otros ritmos de vida, como cuando sus animales daban a luz. “Si alguien…
