Si los peregrinos hubieran sido como muchas personas modernas y, simplemente, tiraran por la borda sus envolturas y botellas vacías, el oleaje del Atlántico y la luz solar habrían descompuesto todo ese plástico en pedacitos minúsculos. Y esos pedacitos seguirían flotando hoy en los mares del mundo, absorbiendo toxinas que se sumarían a las que ya contienen, aguardando a ser engullidos por algún desventurado pez u ostra y, en última instancia, tal vez por alguno de nosotros.
Deberíamos agradecer que los peregrinos no tuvieran plástico, pensé hace poco, mientras viajaba en un tren por la costa sur de Inglaterra, hacia Plymouth. Iba a encontrarme con un hombre que me ayudaría a entender el desastre que hemos ocasionado con el plástico, sobre todo en el mar.
Debido a que el plástico…
