Aquello de “tener química” con alguien a la hora de enamorarnos resulta ser menos metafórico de lo pensado. Y es que todas las sensaciones típicas del enamoramiento, como el mariposeo en la panza, las ráfagas de alegría, las manos sudorosas, la temblorina o el acelere cardiaco son sólo el resultado de lo que ocurre con los neurotransmisores en nuestro cerebro, mas no con el amor decidiendo instalarse por fin en nuestro corazón para siempre.
Como en febrero no hay dónde esconderse de la cursilería sanvalentinesca, porque como dice ese clásico setentero de John Paul Young: “Love is in the air, everywhere I look around” (“el amor está en el aire, dondequiera que volteo en nuestro artículo de portada decidimos desenmarañar neuroquímica del enamoramiento y de dónde salió la id del…