Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos iba bastante detrás en materia de inteligencia. Aunque el espionaje está presente en su historia desde los tiempos de la Guerra de Secesión, carecía de un organismo de coordinación centralizado: contaba con una docena de agencias federales que, más que colaborar, competían entre ellas. Inglaterra no tenía ese problema y, desde luego, tampoco el bloque soviético; desde que en 1917 Dzerzhinski creara la Cheka, el servicio de espionaje de la URSS no había dejado de crecer en sus sucesivas reencarnaciones (GPU, OGPU, NKVD, NKGB, MGB y, desde 1954, KGB). Sus tareas en buena parte consistían en la caza de disidentes–reales o ficticios– para eliminar cualquier intento de subversión y proveer de víctimas a las purgas de Stalin, pero no descuidaban la…