Entre los antiguos mexicanos, el perro no sólo era un animal de compañía en la vida cotidiana. Según sus creencias religiosas, el ‘mejor amigo del hombre’ era también el compañero de los muertos al más allá. Se trataba específicamente del xoloitzcuintle, una raza de perro originaria de Mesoamérica que se caracteriza por su carencia de pelo y que encarnaba al dios Xólotl, como puede constatarse en esculturas, figurillas, glifos y códices precolombinos.
De acuerdo con la cosmovisión náhuatl, esta deidad, en su calidad de estrella vespertina, era la encargada de acompañar cotidianamente al Sol del ocaso, Tlalchitonatiuh, en su recorrido nocturno por el mundo inferior, es decir, el reino de la muerte y de la oscuridad. “Y como el Sol vuelve a nacer, el perro Xólotl que lo condujo al…
