Es un ritual tan íntimo como en el fondo extraño. El animal humano se acerca al animal felino, que está tumbado plácidamente en el sofá. Su pose es elegante, como la de aquella esfinge que dio a luz a las primeras camadas de las civilizaciones. Le recibe con el cañón abierto de los ojos, y es curioso, porque este perfecto asesino de insectos y pájaros, este polizón de barcos e imperios, apenas aún hoy bien domesticado, en un acto de teatral entrega, se tumba sobre su espalda mostrándole la barriga al recién llegado. Es un acto de indefensión, de juego y confianza, algo inusual, comprenderá el lector, en un depredador ‘perfecto’, armado con garras, dientes y genes de taciturno husmeador de crepúsculos. La naturaleza no parece que lo diseñara precisamente…