Pasaban ya trescientos años desde que Galileo descubriera, con su rudimentario anteojo astronómico, que la Vía Láctea era un conjunto de incontables estrellas y la humanidad seguía sin tener idea del tamaño del universo. Aun así, los astrónomos, equipados con telescopios cada vez más potentes, seguían registrando novedades en el espacio infinito de la noche. Por ejemplo, en 1774, Charles Messier había publicado un Catálogo de nebulosas y cúmulos de estrellas, que se observan entre las estrellas fijas sobre el horizonte de París.
El astrónomo francés estaba más interesado en la búsqueda de cometas, pero, a diferencia de estos, que cambian de posición en días sucesivos, las nubecillas luminosas que había observado permanecían inmóviles noche tras noche con respecto a las estrellas fijas de las constelaciones. Eso representaba una prueba…