Nada de ojos morados. Aquí, “el daño se causa sin tocar a la víctima, nadie parece darse cuenta de lo que pasa”, explica el psiquiatra Luis de Rivera. Al principio, se sume en un estado constante de temor, desasosiego e impotencia. Siente que, para que todo vaya bien, debe actuar de determinada manera, pero las exigencias que el agresor le impone siempre son imprecisas, imposibles o impredecibles. Ante las crecientes críticas, humillaciones y burlas, su autoestima se resiente y llega a dudar de su propia cordura. Su miedo a contrariar al otro crece, y llega el aislamiento. “El sentido de propósito, la confianza, el compromiso con un modelo de futuro, la pertenencia a un grupo... son los valores que se destruyen, dejando a la víctima sola, desilusionada, desesperanzada, rota la…