Sin duda, la demanda de productos alimentó la economía victoriana. Aunque las manufacturas británicas dominaban los mercados europeos y transatlánticos, fue el consumo interno el que proporcionó un cimiento seguro para la prosperidad que vivió Gran Bretaña a mediados de siglo. Esta demanda fue impulsada, por un lado, por la explosión demográfica —más ciudadanos, más consumidores—y, por otro, por el aumento de los ingresos, especialmente para las clases medias y los trabajadores con habilidades particulares, como la ingeniería. El aumento de las oportunidades de ganar un salario para mujeres y jóvenes impulsó el gasto familiar, especialmente en los distritos textiles y en las ciudades. Más personas compraban una mayor variedad de ropa, zapatos, artículos para el hogar; en su lista de la compra figuraban loza, cubiertos, espejos, libros, relojes,…