Su padre, Raimundo V, había aprendido que las armas por sí solas no bastan para conservar el poder. Enrique II Plantagenet, en Inglaterra, y Ramón Berenguer IV y Alfonso II, en Aragón, habían sido sus maestros. Raimundo luchó contra ellos con uñas y dientes, pero también firmó treguas y tratados de paz cuando no le quedó más remedio que hacerlo. En la Europa del siglo xii no había un poder omnímodo, y las alianzas se redibujaban constantemente para arañar esta o aquella cesión.
Tras su muerte en 1194, Raimundo VI, hijo suyo y de Constanza de Francia (hermana del rey Luis VII), heredó similares desafíos, remarcados por la imparable expansión de la herejía albigense, a la que su padre se había opuesto. Unos años antes, en 1179, el concilio de…
