En el año 376, un pueblo desharrapado y hambriento se planta en las fronteras del Imperio romano, a orillas del Danubio, y pide permiso al emperador oriental, Valente, para asentarse en la península balcánica. No están ahí por gusto, sino por necesidad: los hunos han destruido sus tierras e, insaciables, quieren más. Toma la palabra el caudillo tervingio Fritigerno, que unos años antes ha apoyado a Valente contra el también tervingio Atanarico, aliado del usurpador Procopio. Al final, el emperador acepta por simpatía pero, sobre todo, por interés: si es capaz de integrar esa fuerza en el Imperio, su ejército recuperará el pulso, en un momento en el que las tribus germanas empujan por un lado y los persas sasánidas pueden amagar en cualquier momento por el otro. «El ingreso…
