Lo mejor de esta larga odisea fue que, al contrario de lo que suele ocurrir en las guerras, tuvo un final feliz. No es fácil imaginar las condiciones en las que aquellos héroes y heroínas trabajaron para salvarnos el Tesoro. Su empeño, su valor y su capacidad de improvisación consiguieron lo imposible; jamás los recompensaremos lo suficiente. En el Prado, que nunca ha querido profundizar en aquella gesta, apenas hay una raquítica placa anónima y genérica reconociendo sus esfuerzos. Pero tenían nombres y apellidos: se llamaban Roberto Fernández Valbuena, Emiliano Barral, Ceferino Colinas, Blanca Chacel, José María Giner, Francisco Sanchez-Cantón, Ángel Ferrant, Natividad Gómez Moreno, Jose María Sert, Jacques Jaujard, Nail McLaren, Antonio Buero Vallejo o Timoteo Pérez Rubio, además de otros centenares que catalogaron e informaron las piezas, embalaron…