En 1399, Guillem Sarriá, empleado del futuro rey de Zaragoza, Martín el Humano, nos cuenta sus encargos de especias, cuyos precios oscilaban dependiendo del comercio con Venecia: “Un quintar de pimienta, quintar y medio de jengibre, dos de canela, 30 libras de azafrán, dos arrobas de clavo y una cárrega de azúcar”. Las frutas eran mejores cuanto más alejadas del suelo crecían, quizá por acercarse a Dios, con lo cual se despreciaban fresas, melones, etc. Tampoco los mariscos cercanos al lecho marino eran de buena mesa; se preferían los delfines y ballenas que rondaban la superficie (aunque muchos nobles, como Alfons el Jove, rey de Valencia, eran amantes de langostinos y langostas). Las aves también tenían ‘estamentos’: los patos y pollos eran de rango bajo; las perdices, de rango elevado.…