Cuando empezó la Ofensiva del Tet, los mandos estadounidenses vieron por fin la oportunidad que llevaban años esperando: en vez de escapar, el Vietcong había tomado posiciones. Ahora podrían usar toda su devastadora potencia de fuego para aniquilar al enemigo. Pero los soldados de a pie, marines, GI, paracaidistas… sabían demasiado bien que, incluso en una batalla convencional, los vietnamitas surgirían, literalmente, de debajo de las piedras.
En 1966, en la región de Cu Chi, las patrullas americanas habían empezado a sentir un temor paranoico al moverse por sembrados y bosques. Cada poco tiempo, una unidad caía en una emboscada y, al acabar la lucha, no se hallaba ni rastro de sus atacantes: ni un herido, ni un cadáver. Como si lucharan contra fantasmas.
Finalmente, una patrulla encontró la respuesta…