Ser diagnosticada es ser acreedora a un terremoto, un huracán, una erupción volcánica de emociones a lo largo del proceso. Dolor, gratitud, tristeza, optimismo, rabia, confianza, desilusión, esperanza… todo al mismo tiempo. Los segundos se empiezan a sentir como horas, y los días como años enteros. Pero una vez que abrazas todo este sentir y asimilas con valentía la situación que te tocó enfrentar, son las ganas de prevalecer las que te empujan a cruzar la línea de meta.
El cáncer no se va cuando termina el tratamiento. Todo el mundo cree que porque acabaste las quimios, te empezó a salir el pelo y tocaste la campana, el viacrucis ha concluido. Pero no. Lo que quedan son las cicatrices, no solo las físicas, también las que más duelen, las emocionales.…