¿Cuál es la verdadera Juliana Gattas? ¿La diva que surge de entre el público sobre un cisne gigante como un Obelisco, envuelta en una boa de plumas blancas, los labios rojos pegados al micrófono? ¿O acaso es la que llora borracha en un baño ajeno? ¿La que está toda montada, impecable, pero sola en la cama esperando que sea el momento de salir al show? “Soy la segunda, sin dudas”, dice desde un hotel en Barcelona.
Los dos son un personaje, aclara, pero la realidad se parece más a esa diva un poco patética, un poco torpe, como una estrella hollywoodense que supo vivir tiempos dorados de flashes, de oro, de vestidos de satén, gasa o seda como los de antes, los buenos, y ahora se queda con esa nostalgia,…
