El regazo de una madre, el hogar, aquella casita del árbol en la infancia, el calor de la lumbre, la cocina de la abuela, un lugar de vacaciones, un ser amado, un reducto de paz bajo el edredón de la cama… Y es que, tanto física como emocionalmente, el ser humano es vulnerable. Necesita un lugar más allá de la protección de los peligros externos, necesita-necesitamos-un espacio desde el cual habitar la tierra con sentido, en casa, a salvo del mundo indiferente, cambiante y hostil. Ahí donde abrirnos a la vida sin ser aplastados por ella. Ese lugar seguro donde enraizarse, completarse, conectarse, crear comunidad e identidad.
A lo largo de mi vida he contado con infinidad de lugares seguros. En aquella casa de piedra extremeña, bajo aquella encina, en…