A los que nos gusta el campo, nos alegra sentir que de alguna manera contribuimos a su conservación. Limpiamos las fuentes y repartimos pequeños cubos de agua por el monte, pensando en qué beberán las perdices, los corzos o los tejones durante los meses secos de verano. Construimos comederos que llenamos de pienso y grano para que los habitantes de nuestra querida tierra, esa donde echamos raíces, donde espigamos o florecimos, no pasen hambre en invierno. Plantamos garbanzos, alfalfa y maíz, aun sabiendo que no recogeremos gran cosa cuando llegue la cosecha, porque de eso se alimentan las avutardas, los cochinos y el ganado. Luchamos contra los furtivos, retiramos, con rabia, las trampas que a veces encontramos, de cuando el hambre de posguerra, cuidamos los caminos, podamos los árboles, prevenimos…