Es verdad que, de niña, yo lloraba todos los años cuando terminaba agosto y había que volver al colegio. Mi madre me consolaba con el único argumento válido: el de las amigas. Gracias a ellas, las angustias escolares se volvían risas en el recreo, planes de fin de semana, relatos de amoríos, o aventuras inventadas.
Han pasado los años, la vida. Ahora soy yo la madre que convence. Pero el argumento es el mismo.
Mis amigas, que hace dos meses iniciaron la diáspora de las vacaciones: unas para el norte, otras para el sur, otras a cruzar mares y océanos, otras a refugiarse en sus paraísos privados… ya vuelven al orden. Menos mal.
Si no es por ellas, no vuelvo.
Muy bonito el verano, las playas y los atardeceres, sí.…