La escena parece idílica. Una Virgen de dulce rostro, con un niño Jesús en equilibrio sobre su regazo, bendice a un devoto, arrodillado a sus pies. El pedestal está decorado con pasajes del Génesis. Sobre sus cabezas se yergue una exuberante pérgola vegetal, de la que penden flores, frutas y un coral rojo. Pero no todo es paz y armonía. Dos lanzas, una espada y varias armaduras delatan la verdadera naturaleza del cuadro. Se trata de la Madonna della Vittoria, una pintura encargada por Francisco II Gonzaga, duque de Mantua, tras la batalla de Fornovo, para mayor gloria de sí mismo y, por supuesto, de Nuestra Señora.
Autobombo sacro
Es, cuando menos, dudoso que la Madonna della Vittoria conmemore una verdadera victoria, ya que Fornovo se saldó, más bien, con…
