Los excesos de confianza nunca son buenos. En 1912, un barco supuestamente insumergible acabó en el fondo del mar. Era el Titanic. La naturaleza parecía burlarse de la soberbia humana. A principios de ese mismo año, el 9 de enero, ya había tenido lugar otra catástrofe que, en teoría, nunca debía haberse producido, a tenor de la publicidad. En Manhattan, Nueva York, cuajó la proclama de que el Equitable Life Assurance Building, la sede de una potente compañía aseguradora, era un edificio a prueba de incendios. Simbolizaba, como el Titanic, el imperio de la modernidad. Aunque solo tenía nueve plantas, se considera uno de los primeros rascacielos de una urbe que parecía lanzada a la conquista de las alturas, con edificios cada vez más desafiantes. Concluido en 1870, marcó un…