La aguja principal de la catedral de Lincoln se desplomó dos veces, una en 1237 y otra en 1548, durante una tormenta. En este caso, se trataba de un chapitel de madera emplomada, que, según algunas fuentes, se alzaba sobre la torre actual, de 83 m, hasta alcanzar unos 160 m, lo que le habría permitido superar la marca de Salisbury.
Pero no son sus históricos derrumbes lo que caracteriza a Lincoln, sino sus peculiaridades. Por ejemplo, a lo largo de los muros de las naves laterales, se esculpieron arcos ficticios en relieve, un fallido trampantojo que, en principio, pretendía dar la impresión de un inexistente pasillo adicional. Debido a un error de cálculo, la ilusión resulta poco convincente.
La locura del coro de San Hugo
No obstante, lo que…