En 1940, cuando Hollywood parecía dispuesto a rendirse a sus pies, Orson Welles afirmó, en pleno ataque de euforia, que el cine era el tren eléctrico más grande que ningún chico haya visto jamás. Desgraciadamente, tras las desavenencias con los estudios RKO durante el rodaje de El cuarto mandamiento (1942), el director no tuvo tantas ocasiones de disfrutar de ese juguete fascinante y carísimo como su fulgurante debut hacía prever. Stanley Kubrick, por el contrario, empezó a llamar la atención con producciones de bajo presupuesto como El beso del asesino (1955) o Atraco perfecto (1956), pero, filme a filme, consiguió incrementar exponencialmente su reputación hasta convertirse en la personificación del director “demiurgo”, capaz de modelar, con cada nuevo estreno, un mundo distinto a su antojo. 2001: Una odisea del espacio…