SALVO EN GUERRA, en la vida cotidiana de un templario regían la monotonía, la disciplina y la austeridad. Dormir, rezar, comer, vestir, hablar..., todo estaba reglado. La jornada comenzaba de madrugada, en que el templario se levantaba y acudía a rezar a la capilla, y de allí pasaba a los establos a inspeccionar caballos y equipo, para volver a la cama. Al amanecer se levantaba, visitaba de nuevo la capilla y otra vez revisaba caballos y equipo. Durante la mañana había dos nuevos oficios religiosos, a las horas tercia y sexta. Tras la comida tenía unas horas de asueto, aunque debía estar localizado. Al atardecer volvía a la capilla. Tras la cena disponía de unos momentos de ocio, en los que podía beber vino rebajado con agua, y, tras otro…