Son muchas las fuerzas que zarandean a las compañías en su continuo viaje por la supervivencia: las fuerzas del mercado (competidores, proveedores, clientes), la innovación científico-técnica, el contexto económico, las regulaciones (laborales, de sostenibilidad, etc.), de reputación (multiplicadas por las redes sociales), demográficas (envejecimiento de la población, escasez de talento, evolución de los valores, brecha digital), etc.
Ya no parece que la gestión de esta complejidad pase por elaborar un plan estratégico que contemple sus posibles impactos y las correspondientes acciones de adaptación, simplemente, porque no es posible predecirlos, y porque las combinaciones empiezan a ser inmanejables.
No es que sea inútil tener un plan estratégico, pero es más importante tener el arrojo y la capacidad de actualizarlo, renovarlo, o incluso descartarlo y elaborar otro, cuando sea necesario.
Es bien…