En la economía contemporánea, el conocimiento se ha convertido en el activo más influyente y, paradójicamente, en el menos comprendido. Las empresas contabilizan hasta el último tornillo de sus fábricas, valoran su parque tecnológico, capitalizan su propiedad inmobiliaria…, pero el saber que da sentido y vida a esos recursos, como la capacidad de diseñar, innovar, resolver problemas y anticipar escenarios, apenas aparece reflejado en los balances. El conocimiento sigue tratándose como un coste operativo, cuando en realidad constituye el motor más poderoso de creación de valor empresarial.
Este desfase entre la importancia estratégica del conocimiento y su invisibilidad en la práctica financiera genera un vacío que empieza a ser preocupante. Los mercados lo intuyen: no es casualidad que las compañías más valiosas del planeta (tecnológicas, farmacéuticas, consultoras) no se midan…
