Hay lujo encapsulado en una marca cuyo abolengo, tradición y, por qué no decirlo así, gran mercadotecnia, ha logrado no sólo hacernos desear, sino también atesorar objetos. El valor de esos diamantes, relojes, automóviles o residencias también se ha venido midiendo por medio de la capacidad que ofrecen de obtener ganancias en caso de querer venderlos o heredarlos. También ha existido la posibilidad de equiparar al lujo con la exclusividad de un trabajo que, además de llevar labor artesanal impecable, podía presumirse por ser único e irrepetible, como es el caso de la alta costura.
Con el paso del tiempo y como parte de la evolución, o la desvirtualización, de lo que inició siendo una cosa y terminó mutando hacia otras, el lujo de pronto tomó una figura efímera y…
