Tengo que confesar, no sin un poco de pena, que nadie se toma más en serio el Año Nuevo que mi familia. Mis recuerdos más vívidos de estas épocas no son de Navidad, sino invariablemente, de mi mamá y mi tía –quien siempre ha tenido algo de bruja, y lo digo en el mejor sentido– organizando “tradiciones” nuevas cada 31 de diciembre, armadas con la convicción ciega que otorga la superstición, para despedir el año y recibir el que entraba de la mejor manera. Y ahí estamos, todos los años, por supuesto cumpliendo con los requisitos básicos –las 12 uvas para pedir deseos, usar lencería roja, dar la vuelta con la maleta– pero también con las ceremonias paganas más avanzadas –azotando cubetadas de agua contra las banquetas para barrerlas, tallándolas…
